Siempre me ha llamado la atención ver a Alexander McQueen saliendo a saludar después de uno de sus desfiles.
Acabas de ver una colección llena de cortes agresivos, vestidos que parecen armaduras, cuerpos tensos, telas rasgadas, referencias históricas pesadas y una belleza que siempre parecía estar cerca del peligro. La pasarela puede sentirse como teatro, como una película incómoda, como una escena construida para meterte en la cabeza de alguien durante unos minutos.
Luego aparece él.
Jeans, playera, tenis y alguna prenda simple. A veces una polo, a veces una chamarra, casi siempre una forma de vestir mucho más común que todo lo que acaba de poner frente al público. Su gesto también decía algo: salía rápido, saludaba, recibía los aplausos y se iba. Como si el centro de la imagen estuviera en otro lado.
Ese detalle me parece una de las mejores formas de entrar a su mundo. Porque cuando uno piensa en diseñadores de moda, muchas veces piensa también en personajes. Karl Lagerfeld convirtió sus trajes oscuros, sus lentes y su coleta blanca en parte de su figura pública. Giorgio Armani proyectó una elegancia relajada que también ayudaba a leer su marca. Rei Kawakubo y Yohji Yamamoto hicieron del negro una postura visual muy reconocible. En muchos casos, la ropa del diseñador ayuda a reforzar la historia de la casa.
McQueen hizo algo distinto. Su ropa diaria parecía bajar el volumen de su presencia. Mientras sus colecciones cargaban con drama, historia, agresión, deseo y oficio, él aparecía vestido como alguien que venía del taller de costura. Y mientras más lo pienso, menos me parece una casualidad. Entendía demasiado bien el poder de la ropa como para vestirse así por accidente.
Lee Alexander McQueen nació en Londres en 1969 y creció en el East End, en una familia trabajadora. Su padre era taxista. A los 16 años dejó la escuela y entró como aprendiz en Savile Row, primero en Anderson & Sheppard y después en Gieves & Hawkes. Ahí aprendió sastrería desde el trabajo real: el patrón, la manga, el hombro, la caída, el peso de la tela y la precisión de una costura. Antes de Central Saint Martins, antes de Givenchy, antes de los grandes shows, él ya sabía cómo se construye una prenda desde adentro.
Ese dato cambia mucho la lectura de su forma de vestir. Para alguien formado en Savile Row, la ropa empieza antes de la foto. Empieza en la estructura. En cómo una chamarra cambia la postura. En cómo una cintura modifica la forma de caminar. En cómo una prenda puede hacer que tu cuerpo se vea fuerte, frágil, rígido, elegante o extraño. McQueen conocía esa parte desde joven. Su relación con la ropa venía de la mesa de corte, de las pruebas, del ajuste y de la mano encima de la tela.
Por eso sus jeans y playeras se sienten casi como ropa de trabajo. Como una forma práctica de estar cerca del proceso. Quien está cortando, ajustando, probando y resolviendo problemas en un taller necesita moverse. La moda vista desde fuera puede parecer brillo, fiesta y foto, pero por dentro también tiene horas de espalda, presión, presupuestos, errores, fittings, costureras, piezas que fallan y decisiones que nadie ve. McQueen parecía más cerca de esa parte que de la fiesta después.
También hay algo de clase en esa decisión. La moda puede abrir espacio para la imaginación, pero también usa el gusto como filtro social. Cómo hablas, cómo caminas, qué referencias tienes y qué tan cómodo te ves en ciertos lugares. McQueen entró a ese mundo cargando una energía más áspera que la elegancia pulida de muchas casas de lujo. Su playera, sus jeans y su forma seca de moverse mantenían algo de su origen. Algo del East End. Algo del backstage. Algo de alguien que podía estar rodeado de editores, compradores, celebridades y ejecutivos, pero seguía pareciendo más cercano al taller que al salón principal.
Y aun así, McQueen entró al sistema grande. En 1996 fue nombrado director creativo de Givenchy. En 2000, su propia marca recibió inversión de Gucci Group. Llegó al lujo global, a las tiendas, a la prensa internacional, a las celebridades, a la presión comercial. Pero incluso dentro de esa maquinaria conservó algo de trabajador especializado. Podía hablar de muerte, historia, sexualidad o fantasía, pero también de vender ropa, sostener un negocio y hacer prendas que alguien pudiera usar.
Muchas veces se habla de McQueen desde la oscuridad, el trauma y el espectáculo. Claro que esa parte está ahí. Pero también estaba el diseñador práctico, el que entendía que un desfile podía sacudir a la industria y al mismo tiempo la marca tenía que funcionar. Esa parte le quita un poco de mito y lo vuelve más humano. McQueen podía construir una escena enorme, pero venía de saber dónde poner una pinza, cómo cortar un hombro y cómo hacer que una prenda cargara el cuerpo de otra manera.
Ahí entra lo fuerte de su ropa personal. Podía crear imágenes inmensas, pero él se quedaba en una zona simple. En Highland Rape, de 1995, trabajó con referencias a su herencia escocesa y a la violencia histórica de las Highland Clearances. En No. 13, de 1999, cerró con Shalom Harlow sobre una plataforma giratoria mientras dos robots industriales pintaban su vestido blanco. En VOSS, de 2001, encerró a las modelos dentro de un cubo de cristal con una atmósfera clínica, tensa, casi de encierro. En Plato’s Atlantis, de 2010, imaginó cuerpos adaptados a un futuro acuático y llevó la pasarela hacia una idea de evolución, tecnología y mutación.
Ahí estaba el espectáculo. Ahí estaba el drama. Ahí estaba la imagen grande.
Su cuerpo podía quedarse afuera.
Me gusta pensar que ahí había una forma de control. Decidía dónde poner la intensidad. Su ropa diaria dejaba que la colección cargara con todo: historia, miedo, deseo, humor, violencia, belleza, oficio, tecnología. Él podía salir con jeans porque la pasarela acababa de decir suficiente.
También vale la pena decirlo: McQueen sí tenía gusto personal. Reducirlo a “se vestía simple” borra una capa importante. Compraba Comme des Garçons, admiraba a Rei Kawakubo y en distintos momentos usó prendas con más intención de la que aparentaban. Incluso llegó a hablar de la ropa masculina como algo ligado a la sutileza, al buen gusto y al uso real. Esa frase dice bastante. Su sencillez venía de alguien que sabía leer la ropa desde un lugar muy fino.
La diferencia estaba en que rara vez parecía interesado en robarle cámara a su propia obra.
Y eso se siente cada vez menos común. Hoy casi cualquier creador termina convertido en contenido. El diseñador, el músico, el fotógrafo, el director creativo, el editor, el estilista: todos tienen que mostrar qué usan, qué escuchan, qué compran, cómo trabajan, cómo viven, cómo llegan al evento y cómo salen del after. La obra circula pegada a la personalidad. A veces la pieza importa tanto como la foto del creador junto a la pieza.
McQueen venía de otra época mediática, claro, pero también había algo en él que resistía esa lógica. Su fuerza estaba concentrada en la colección. En el show. En la prenda. En lo que pasaba cuando la ropa entraba al cuerpo de una modelo y empezaba a cargar una historia.
Por eso su salida al final del desfile tiene algo tan particular. Muchas veces se ve como alguien que acepta el aplauso sin instalarse demasiado en él. La ovación era para él, pero su cuerpo parecía querer devolverla a la ropa. Esa incomodidad cambia la forma en que lo vemos. Él podía construir escenas enormes, pero su persona diaria no competía con ellas.
También hay una lectura muy actual en esa distancia. Mucha gente vive hoy entre varias formas de presentarse. Trabajas en algo formal, pero sigues cuidando tu gusto. Estás en oficina, agencia, corporativo, estudio, freelance, producción o data, pero también estás pensando en música, ropa, cámaras, cine, cafés, conciertos, diseño, objetos, eventos, marcas y referencias. Hay una negociación diaria entre verte bien y poder funcionar. Entre tener criterio y no sentir que estás disfrazado. Entre moverte por la ciudad y seguir sintiendo que tu ropa dice algo de ti.
La ropa simple se vuelve una base para cruzar espacios. Una playera negra, unos jeans, unos tenis buenos o una chamarra con buena caída. A veces ahí hay más intención que en una prenda llena de señales obvias.
McQueen llevaba esa idea a un extremo distinto. Podía crear algunas de las imágenes más intensas de la moda contemporánea y salir vestido como alguien que acababa de apagar la máquina del taller. En esa decisión había una separación entre Lee y Alexander McQueen. Lee, el hombre de Londres, hijo de una familia trabajadora, formado desde abajo. Alexander McQueen, el nombre capaz de convertir una pasarela en una escena histórica, emocional y física.
La ropa simple parecía proteger a Lee. La obra cargaba con Alexander.
Esa separación me parece central. Usaba la moda para volver más visible la realidad. Sus colecciones podían verse fantásticas, pero casi siempre tenían algo terrestre: violencia, clase, cuerpo, deseo, historia, miedo, belleza, negocio y trabajo. Su imaginación venía de mirar cosas duras y convertirlas en forma.
Por eso la sencillez de su ropa personal pesa tanto. Un diseñador puede vestirse simple por falta de interés en la ropa. McQueen se vestía simple sabiendo exactamente lo que la ropa podía hacer. Sabía cómo una silueta cambiaba la actitud de un cuerpo. Sabía cómo un corsé podía hacer que alguien se viera protegido y expuesto al mismo tiempo. Sabía cómo una falda podía cargar siglos de historia. Sabía cómo una tela cortada con fuerza podía decir algo que una explicación volvería más débil.
Con ese nivel de conciencia, ponerse jeans y playera parece una decisión de ubicación.
El drama estaba en la pasarela.
El oficio estaba en el corte.
La persona podía quedarse en una zona más común, más seca, más cercana al taller.
Por eso vuelvo a esa imagen: un hombre con jeans saliendo después de una escena enorme. Las luces siguen calientes. El público aplaude. La colección todavía está en la cabeza de todos. Él aparece un momento, recibe la mirada y se va.
Esa imagen dice mucho. La pasarela cargaba con todo: historia, drama, trabajo, belleza. Y él salía al final con ropa común y por solo unos segundos.
Como si ahí se separaran las cosas: la persona por un lado y la marca por el otro.
















