Este año Sirens de Nicolas Jaar cumple diez años, y en cuanto pensé en eso se me vino a la cabeza una canción muy específica: “No”. Vuelvo a ella seguido, casi cada semana, y aparece todavía más cuando ando metido en temas de política, poder, memoria e historia. También se me vinieron a la mente las entrevistas que Jaar dio cuando salió el disco, sobre todo las de The Fader y Pitchfork. Ahí hablaba con mucha claridad de Chile, de su familia, de Pinochet y de una idea muy dura: un sistema puede seguir vivo durante muchos años, incluso después de que se va la figura que lo encabezó.
Sirens salió el 30 de septiembre de 2016. Jaar lo publicó en un momento donde el ambiente político ya venía cargado. En Estados Unidos iba subiendo Donald Trump con una campaña marcada por un tono nativista y un discurso agresivo contra migrantes. Jaar estaba viviendo en Brooklyn y venía trabajando el disco desde 2015, así que el álbum nació dentro de ese clima, aunque su mirada iba más al fondo que a la noticia del día.
Una parte clave para entrar al disco es Chile. Augusto Pinochet fue el militar que encabezó el golpe de Estado de 1973 contra el gobierno de Salvador Allende y después gobernó Chile como dictador hasta 1990. Durante su gobierno hubo asesinatos, desapariciones, tortura, persecución política y censura. Su nombre pesa tanto porque no se quedó solo en la violencia. También quedó ligado a una forma de organizar el país que marcó a Chile durante décadas.
Ahí entra Nicolas Jaar. Nació en Nueva York en 1990, pocos meses después de la salida de Pinochet. Sus papás son chilenos. De niño vivió en Chile con su mamá y años después volvió a Estados Unidos. En las entrevistas de 2016 contaba esa relación partida con su identidad: en Chile cargaba con haber nacido en Nueva York; en Estados Unidos cargaba con ser sudamericano dentro de espacios blancos y acomodados. Esa vida entre dos países, dos idiomas y dos formas de mirar el mundo está metida en Sirens desde el principio.
También importa lo que pasó en Chile después de 1990. El país cambió de gobierno, pero varias reglas de la dictadura siguieron en pie. Durante el régimen de Pinochet se afianzó un sistema de libre mercado muy fuerte. Las pensiones quedaron en manos privadas en los años ochenta, y la educación, la salud y otros servicios quedaron muy marcados por la lógica del dinero y por un Estado más chico. Los gobiernos que llegaron después mantuvieron buena parte de esa estructura. Chile creció, pero también arrastró desigualdad, malestar y una relación muy dañada entre la gente y las instituciones.
Por eso “No” pesa tanto dentro de Sirens. La frase “Ya dijimos no pero el sí está en todo” sale de la votación de 1988 en Chile, cuando la gente decidió que Pinochet debía dejar el poder. Jaar toma ese momento y le da otro peso. La idea es muy clara: Pinochet se fue, y muchas partes del sistema siguieron ahí. Siguieron en la economía, en la desigualdad, en la forma de mover el país y en la manera en que el poder se reparte y se protege. Esa lectura aparece de forma directa en la entrevista con The Fader, donde Jaar habla del efecto que Pinochet sigue teniendo en Chile incluso después de su salida.
Ese punto siempre me ha parecido el corazón del disco. Jaar lleva la política a un terreno muy concreto: familia, infancia, idioma, ciudad y memoria. Ahí está una de las razones por las que Sirens se siente tan fuerte. La historia de Chile entra al disco como una historia pública y también como una historia íntima. Jaar incluso contó que tocar en el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos en Chile lo empujó a pensar con más fuerza en el peso de Pinochet, en la huella de Reagan en Estados Unidos y en la idea de que ciertos gobiernos dejan efectos que duran mucho más que su tiempo oficial en el poder.
El proceso del álbum también ayuda a entenderlo. Jaar contó que escribió Sirens durante nueve meses de 2015 en su casa de Brooklyn siguiendo una rutina muy estricta: se levantaba temprano, abría libros en páginas al azar, leía lo primero que aparecía y escribía usando asociación libre durante horas. Luego venía el otro trabajo: recortar, ordenar, dejar silencios, tensar el sonido. Esa mezcla entre azar y control se escucha en todo el disco. Las canciones tienen aire, pero también una presión muy fuerte por dentro.
La portada empuja esa misma idea. La edición física deluxe de Sirens venía con tinta para raspar y una moneda de 25 centavos. Debajo aparecía una imagen de A Logo for America, la obra que Alfredo Jaar, papá de Nicolas, mostró en Times Square en 1987. Esa pieza cuestiona la idea de que Estados Unidos use la palabra “América” como si el resto del continente quedara borrado. En Sirens, esa imagen funciona como otra capa del mismo tema: historia, poder, lenguaje, borrado y memoria.
Y luego está el sonido. “Killing Time” abre con una bandera moviéndose y con vidrio rompiéndose. “Leaves” mete una grabación de Nicolas de niño hablando con su papá. “No” lleva al centro la historia política de Chile con letra en español y una energía contenida que carga tensión todo el tiempo. El tracklist oficial del disco va armando esa ruta: memoria, cuerpo, quiebre, historia y un cierre que deja preguntas abiertas en lugar de respuestas fáciles.
Diez años después, esa idea sigue viva. En 2019 Chile estalló en protestas masivas por el costo de la vida, las pensiones, la desigualdad y el cansancio con reglas que venían de décadas atrás. En 2020 una amplia mayoría votó por abrir el proceso para cambiar la Constitución nacida en dictadura. Ese camino se volvió difícil y enredado después, pero dejó algo muy claro: la herencia de Pinochet seguía dentro de la vida política chilena y seguía tocando temas muy concretos como pensiones, salud, educación y reparto del poder.
Por eso sigo volviendo a “No”. Esa canción junta historia chilena, memoria familiar y una lectura muy precisa de cómo opera el poder con el paso del tiempo. Sirens hace algo que pocas obras logran hacer bien: pone la política dentro de la vida diaria, dentro del idioma, dentro de la familia, dentro de una sensación que se queda rondando mucho después de que termina el disco. Diez años después, sigue abriendo la misma pregunta: cuánto de lo que vivimos hoy viene de reglas viejas que siguen respirando debajo de todo.











